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Sobre el swing, el groove y las músicas afroamericanas / diálogo con el especialista en cultura afroamericana Alejandro Frigerio en su blog

diciembre 5, 09

El siguiente es el diálogo entre el especialista en cultura afroamericana Alejandro Frigerio y la autora de estas líneas (o más bien, las ideas desarrolladas por él en su blog y que temerariamente comenté), sobre el groove, el swing y la música afroamericana.

Fuente: el blog de Alejandro Frigerio, Afroamericanas.

Va en capítulos:

1.

lunes 30 de noviembre de 2009

Olodum pra balançar

Apenas Olodum empezó a tocar este sábado a la noche en la Ciudad Konex, debió haber quedado claro para los integrantes de algunos grupos percusivos argentinos –no todos, claro- la importancia de la palabra CA-DEN-CIA. De todas las definiciones de la palabra que brinda el diccionario online de la Real Academia Española (1), me quedo con ésta: “Proporcionada y grata distribución o combinación de los acentos y de los cortes o pausas, en la prosa o en el verso”. Obvio, no es una de las entradas que habla de música, pero bien podría serlo. Nótese el énfasis en “proporcionada”, “grata” y “combinación de cortes y pausas”.
Por qué señalo esto? Porque en ocasiones algunos grupos locales suenan como si sólo tuvieran dos teclas de funcionamiento: una que dice “más alto/más bajo” y otra de “más rápido/más despacio”, sin mucho margen para ritmos sutiles, cadenciosos y bailables –aún cuando los géneros que ejecuten los demanden. Mas bien parece haber una necesidad de hacer todo mas rapido, al palo, lo que lleva a que la única manera de seguirlos es el frenético pogo. Está bien, quizás los jóvenes locales no son grandes bailarines, y el habitus futbolero o rockero los predestina al saltito, pero ya es una historia del huevo y la gallina. ¿La gente salta porque no sabe bailar y la musica refleja esto, o dada la música frenética –aún tocando samba o samba-reggae- no queda otra que el salto?.
Claro que cada uno interpreta las cosas como quiere, pero una cosa es “como quiere” y otra es “como puede”. Lo deseable sería que la manera de ejecutar cualquier ritmo –propio o ajeno- proviniera de una elección estética y no de las propias limitaciones. Conceptos clásicos de la música afroamericana como “in the groove” –que abarca a varios géneros musicales- o “swing” –su versión más jazzera- parecen ajenos a una parte de la performance percusiva local. La incógnita es: se debe a que mucha gente que toca públicamente recién está aprendiendo o a que pese a tener un cierto nivel de desempeño adecuado estas concepciones teóricas les son ajenas o a que hay una reapropiación argentina que –de nuevo, influenciada por habitus rockeros o futboleros- hace que ritmos sostenidos, repetidos, cadenciosos no sean suficientemente gratos para el gusto local, que rápidamente se aburre de ellos para pasar a estados exaltados/alterados más satisfactorios?.
Digo esto porque no reconozco en varias de las versiones locales del samba y el samba reggae la cadencia que creo, les son propias. No soy músico, admito, pero si pensamos que una de las características que hacen a la música de origen afro tan disfrutable es su alto grado de groove, conceptualizado en diversas definiciones online como “un ritmo pronunciado y disfrutable”, o “el acto de crear, o danzar con, o disfrutar música rítmica”, o como “el momento en una canción o una performance en que aún las personas que no saben danzar quieren hacerlo, debido al efecto de la música” tengo que decir que varias veces las versiones locales de ritmos afro no dan demasiadas ganas de bailarlos. Lo que acentúa la división performers/audiencia, perdiendo así una de las características a mi entender más interesantes de la música y la danza de origen africano: su necesaria interacción.
Uno ya sabe que Olodum, para bien o para mal, es el bloco afro más conocido fuera de Bahía –en los últimos años me asombró, por ejemplo, estar en ciudades del sur de Brasil y encontrar remeras de Olodum en venta en la calle, con lo cual uno puede tener su camiseta del grupo sin haber ido más al norte de Sao Paulo (o aún Florianópolis), algo impensable hace unos años e imposible para otros blocos afro bahianos. Yo personalmente hace mucho que prefiero a Ile Aiyé ya que me parece que es el bloco que más continúa desarrollando la rítmica y sobre todo el baile propio de este género carnavalesco y cuyas letras mejor reflejan, también, su intención original (2). Olodum, desde que trascendió al gran público –o quizás para hacerlo- tuvo que morigerar por no decir banalizar sus letras y acelerar su batida. Esto se pudo ver claramente en el final del recital, cuando cantaron varios de los temas clásicos de la década de 1980, comienzos de los noventa y no entraban bien en el ritmo que ahora estaban tocando.
Pese a esta opinión personal, sin embargo, hay que resaltar que el recital fue buenísimo. Los integrantes de la banda tocaron casi tres horas, pusieron pilas, profesionalismo y talento. Atrás de los cuatro tamboreros que hacen el “show” mas circense hay otros cuatro (incluyendo una mujer) que, con tambores fijos, se tocan todo y mantienen el ritmo siempre enérgico y ajustado. Trajeron tres cantantes –uno moreno, una negra y uno blanco- con tres registros de voz diferentes que se ajustaban al tipo de canción que ejecutaban en esa parte del show. Irreprochable y absolutamente gozable y, debo reconocer, a mi pesar por lo que dije antes, que el show fue mejor que el que ofreció la bastante incompleta alineación de Ilé Aiyé que tocó el año pasado en Parque Lezama, traídos por el INADI y la Embajada del Brasil. Se ve que la iniciativa privada-comercial tiene, o al menos tuvo en este caso, mejores resultados que la oficial-cultural.
Hablando de groove, no puedo dejar de reconocer -prejuiciosamente, admito- su falta también en buena parte del público asistente. Ya desde la (para mí) curiosa presentación en la previa de tres chicas bailando axé al ritmo de Pisirico se vio que la intención de los organizadores era quizás presentar un show de “música brasilera” y no tanto de “música afro”(brasilera) y crear por lo tanto más una relación con la “fiesta” carnavalera que con el trabajo cultural de los blocos afro. Siendo Olodum sin duda el grupo bisagra entre el mundo “afro” y el “brasilero” -el más cercano a lo afro según el imaginario brasilero- era previsible que convocaría tanto a fans de Ivete Sangalo o Daniela Mercury como de la percusión y la danza afro. Alternativas musicales que no son contradictorias –ni yo mismo las vivo así- pero que en el país parecen nuclear a distintas tribus urbanas. En esta ocasión pareció primar la primera. Cuando al final del concierto el cantante evocó al recientemente fallecido Neguinho do Samba –creador del samba reggae y alma mater de Olodum, antes de migrar en busca de otros rumbos quizás menos comerciales- pocos aplaudieron, probablemente porque no lo conocían o no entendían las palabras del cantante.
En sintonía con esta propuesta, el público (femenino al menos) parecía, también. más cómodo con los pasos de axé music –evidenciado por el baile entusiasta y coreografiado de varias concurrentes cuando al final del show en los altoparlantes sonaba “Poeira”- que con el repertorio de pasos (estilizados) de orixás que el bloco afro evoca.
Parte del público masculino evidenció lo que para alguien acostumbrado a ver el grupo en Bahía era sin duda un abuso del pogo -en un contexto musical que no lo requiere- pero bueno, cada cual baila como quiere/puede. Bastante más molesta sin duda era la continua búsqueda de espacios más cercanos al escenario por quienes no parecían particularmente preocupados por los medios utilizados para tal fin ni por el sencillo principio de que dos unidades distintas de materia no pueden ocupar el mismo espacio físico.
No dejaba de resultar paradójico que quienes seguramente disfrutan de “la onda brasilera” en Florianópolis, Torres o Camboriú crean que para tener esa “buena onda” es suficiente con ponerse una remera de Olodum comprada en Floripa –aunque después se comporten como barrabravas argentinos. Alguien debería avisarles –ya que no creo que lean este blog- que “la onda brasilera” resulta, aún en su país de origen, de una esfuerzo colectivo –e individual- de personas que respetan al prójimo y la relación que entablan con él. Quizás en Brasil cualquier argento despreocupado pueda gozar de esta “onda brasilera”, pero en Buenos Aires la única manera de hacerlo es re-creándola a través de un esfuerzo colectivo de consideración por quienes disfrutan de un mismo espectáculo musical.
(1) http://www.rae.es/rae.html
(2) ver entradas previas en este blog:
http://alejandrofrigerio.blogspot.com/2008/03/il-aiy-noite-da-beleza-negra-2008-i.html
(3) la foto de la remera es de http://mjjshop.com/shop/advanced_search_result.php?keywords=olodum&x=0&y=0

2.

jueves 3 de diciembre de 2009
Olodum pra balançar (2) – más sobre el groove
 
Comentario de Berenice Corti:
“Hola, Alejandro:
Creo que estás dando en el clavo de cuestiones muy importantes. Como bien decís, en el jazz el término swing es el que se utiliza para denominar esa cadencia o propulsión rítmica tan compleja de definir. Ya lo decía Ellington: “no significa nada si no tiene ese swing“. Yo me lo imagino como una atmósfera bajo la cual uno puede estar, sintonizado con el resto de los participantes en un mismo sentido energético, por decirlo de alguna manera. Muchos músicos me han referido al swing (aunque también ahora se usa groove, tomado del funk y otras músicas negras) como algo en donde se puede estar o no, en donde también intervienen las propias posibilidades, dadas o circunstanciales. En el caso del jazz en Argentina (sé que en otros países de Latinoamérica no funciona así), tener o no tener swing es un punto nodal que pone al músico en el lugar de, directamente, hacer o no (buena) música. Esto fue así a tal punto que el swing terminó por convertirse en requisito fundamental de calidad, atravesando otras músicas como el tango y el folklore, en donde el caso de Piazzolla es paradigmático.
Aunque ahora quizás se haga más énfasis en la improvisación, está claro que sin swing no se puede tocar, se es “cafón”, burdo, cuadrado, falto de calidad y aptitud artística.”
(énfasis de AF)
Aprovecho este comentario de Berenice Corti, estudiosa del jazz argentino, para continuar con el tema del groove en la percusión local, intentando evitar o minimizar las posibles malas interpretaciones.
No estoy diciendo –por si alguien así lo entiende- que los percusionistas argentinos sean malos, que no sepan tocar, etc. Ni siquiera que determinados percusionistas o grupos lo sean. Repito, no soy músico, asíque no podría o no me animaría a hacer esta evaluación de manera tan precisa y específica –aunque, como cualquiera, tengo mis preferencias personales.
Sí admito que, en ocasiones, lo que escucho en algunas interpretaciones de algunos músicos locales, no me mueve mucho. Me parece más “cuadrado, rápido y fuerte/alto” que “cadencioso y rítmico”. Lo único que puedo decir es que mi socialización músical fue en Bahía, y sí, en ocasiones parece que localmente hay otras preocupaciones o resultados estéticos. Lo que me movía en un lugar, no me mueve en otro. Es una apreciación subjetiva. Punto.
Esto no quiere decir que “los percusionistas argentinos no pueden tocar como los bahianos”. Precisamente, quiero argumentar contra esta posición, si alguien (bahiano o argentino) aún la sostiene.
Hace muy pocos dias, en el recital que dio junto con Adriana Calcanhoto y Doménico Lancelotti, Moreno Veloso recordó hacia el final del show –antes de interpretar Deusa do Ebano– al recientemente fallecido Neguinho do Samba, creador del samba reggae. Incluyó en el homenaje también a Ramiro Musotto, diciendo “que ironía que el mejor percusionista brasilero…. era argentino”.
(Y hablando de segmentación de las audiencias y de distintas tribus urbanas, para seguir también mi entrada sobre Olodum, el comentario no despertó tanta adhesión como era esperable del público local. Se ve que para esa audiencia, Ramiro no tenía la estatura de ídolo local que sí tiene para otras).
Quizás exageró Moreno, debido al contexto en el cual realizó la apreciación, pero sin duda que no demasiado. Si siempre es difícil hablar del “mejor” en algo –y más cuando el tema son los percusionistas en Brasil- indudablemente es cierto que Ramiro jugaba, como dirían los yanquis, en “las grandes ligas” de allá. Cualquier lista de “los mejores” debería incluir su nombre o dejarlo, apenas, al borde. Un mérito enorme para cualquiera, más aún para un argento.
Pero como ya dije en la entrada que le dediqué para su fallecimiento, para mí lo más meritorio de Ramiro –y lo que creo lo hace un ejemplo- no era sólo su habilidad percusiva, sin sobre todo su incesante sed de conocimientos, su necesidad de aprender y saber más. Vean la entrevista que acompaña al dvd Sudaka. Allí habla con (mucho) conocimiento de causa, de cómo y por qué hace lo que hace en su cd. Y como dice allí Daniela Mercury, Ramiro tenía un conocimiento de la música (percusiva) brasilera mayor al de muchos músicos brasileros. ¿Y cómo se logra eso?: con esfuerzo y humildad. Pensando que de todos –del último percusionista callejero o de escenario- se puede aprender más. No sé si Ramiro lo explicitaba así, pero ví que eso fue lo que hacía, al menos durante el tiempo que más compartí con él. Nunca hay que creer que lo que uno sabe es todo lo que hay que saber. Actitud a la que sí solemos ser muy proclives los argentinos de todo origen y pelaje.
(Otra anécdota de Ramiro, en dirección de lo que aquí comento: una vez contó que cuando en la batucada que tenían en Bahía Blanca, antes de irse a vivir a Bahía (Salvador), lograban cierto estado de comun-uión musical, decían que (en el grupo) “había bajado Tatín” –jugando con la idea afro-brasilera de que bajan o llegan ciertos espíritus a los cuerpos humanos. No recuerdo por qué eligieron ese nombre. Seguro habrá algún participante o testigo que pueda contar mejor la historia. Según mi interpretación de la anécdota, es evidencia de que percibían que habían entrado en el groove. De nuevo, algo que no siempre se logra)
Para volver al tema: si en ocasiones ejecutamos a los ritmos de manera algo “cuadrada”, será porque así es “la nuestra”, o porque no sabemos lo suficiente aún –y esto siempre es bueno reconocerlo- ? Es la nuestra y hacemos música brasilera en clave de rock chabón porque realmente esa modalidad es la que nos satisface o porque, debido a cuestiones de habitus locales (disposiciones estructurantes) es lo que primero nos sale. O es lo único que nos sale.
Repito lo que dije en la entrada anterior : lo hacemos así porque queremos o porque es lo único que podemos hacer?
Si (re)conociendo versiones más cadenciosas y rítmicas elegimos hacerlas al palo, bueno, quizás sea la adaptación al gusto local de músicas llegadas de otros lugares.
Si lo hacemos así más bien por una serie de limitaciones –performáticas, de conocimiento, práctica insuficiente, etc) sería bueno reconocerlas e intentar superarlas. Pensar o decir “total yo nunca lo voy a hacer como un bahiano” es ponerse un techo y un límite innecesario e injustificado.
Como muestra el trabajo de Berenice Corti, y también se puede apreciar en el primer número de la excelente revista Living Jazz, la discusión por ejemplo, en el jazz argentino de cuál es “la nuestra” recién está empezando a tener respuestas locales –en un género que lleva bastante más años en el país que la música percusiva brasilera, cubana o uruguaya. O al menos más años en la forma masiva que éstas han adquirido últimamente. Pero quizás uno pueda empezar a plantear la pregunta también en éstos ámbitos percusivos. Nada más que para tener una mejor idea de qué estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo, y hacia adónde vamos.
Siendo que ya casi nadie cree en “esencias” nacionales ni raciales, podemos suponer que nada es intransferible. Hacerlo mejor o peor o diferente depende más del esfuerzo que le dediquemos a algo y el conocimiento del que dispongamos que de limitaciones insuperables.

3.

Comentario (2) de Berenice Corti:

Sólo quiero hacer un pequeño agregado: entiendo que cuando los músicos de jazz (pero también su público) realizan sus apreciaciones sobre “calidad” musical, no lo están haciendo en el sentido estrictamente occidental de valoración de músicas “elevadas” por sobre otras más bajas (aunque ésto también esté).
Me parece que también se encuentra implícito aquello a lo que se refiere el etnomusicólogo experto en música africana John Chernoff, en cuanto a que el juicio estético “esto suena bien” es también y necesariamente un juicio ético, “esto es bueno”. De ésto también estamos hablando, creo.

Comentario de Alejandro Frigerio:
Justamente, a mí las ideas de groove, swing o sus (mas o menos) símiles en otros géneros afro-americanos me parecen atractivas porque creo que reflejan -como la idea de cool, por ejemplo- una apreciación estética no-occidental, y por eso , también, complicadas de explicitar y definir -además de que cualquier juicio estético lo sea.
Uno de los puntos del argumento que intento hacer es que si importamos un género musical, está bueno también considerar las apreciaciones estéticas nativas asociadas a esos géneros. Si después uno decide “tamizarlo” con apreciaciones estéticas propias, bueno, no creo que sea un problema mientras uno esté conciente de lo que hace -y de su voluntad de hacerlo-.
A esta altura de la globalización en que todo viene y va no se puede ser purista, pero sí se puede reflexionar acerca de la necesidad de tomar en cuenta qué factores influyen en la circulación de esos flujos culturales y de la forma que adquieren en cada lugar.
Creo que la conciencia de cómo y por qué se hacen las cosas de determinada manera ayuda a mantener una cierta integridad del arte -que de lo contrario puede verse comprometida con tanta ida y venida.

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